Crítica: El viajante

Tras la satisfacción del triunfo de “Nader y Simin, una separación”, en el año 2011, y después de algún buen trabajo más, a pesar de que el resultado en taquilla no sea apoteósico debido a la escasa distribución de sus películas, el director y guionista iraní Asghar Farhadi creó algo nuevo en 2016: “El viajante”, otra de sus obras, galardonada con los premios más destacados de todo el mundo, entre ellos el Oscar a la Mejor Película No Inglesa en la edición de 2017.

Se abre la escena con el montaje de un escenario para representar “Muerte de un viajante”, de Arthur Miller, una historia dentro de la vertiente primaria y expresa del film, que narra la historia de un matrimonio de actores Emad (Shahab Hosseini), él también profesor de instituto, y Rana (Taraneh Alidoosti), muy enamorados y con idea de tener un hijo, dos, de tantos vecinos que deben dejar rápidamente su vivienda en el centro de Teherán por culpa de unos trabajos de excavaciones que se están efectuando cerca y que amenazan con el hundimiento de su edificio. Se instalan en otro lugar, gracias a un amigo del grupo teatral que le echa una mano. Una vez en la casa nueva y pensando que todo había salido muy bien, las cosas se complican. Encerrados en un suceso, insólito y desasosegante los personajes que pueblan la historia se mueven en un precario equilibrio mental.

“El viajante” tiene una mirada de consistencia impresionante sobre las ideas y la prácticas abusivas sobre la mujer. La sociedad patriarcal. La doble moral y el tema político. Una meticulosa narración de un drama familiar dotada de una sensibilidad muy actual. Asghar Farhadi se niega a recubrir con la pátina del bien el cúmulo de actos despiadados que van surgiendo del guion, como tampoco entorpece la dulzura de momentos que los personajes señalan a menudo. “El viajante” alecciona a los espectadores en la idea de Farhadi, haciendo gala de imaginación y conocimiento de la realidad. “El viajante” es una película modesta en su planteamiento, templada en su puesta en escena, limpia en su planificación y segura en su pulso narrativo. Dolorosa en el entramado complejo del guion y exclusivamente reflexiva en su resultado final.

Todo lo que digo habla sin estridencias, sin moralinas, siendo el más maduro y demoledor de los films de Asghar Farhadi: la meticulosa burocracia del derecho a ser mujer, de la obscenidad de una vida que continúa más allá de la muñeca rota, de las estrategias que se hacen para tratar lo inexplicable aunque sea una mujer la que decide, o peor aún por eso.

Una película llena de sabiduría y dolor. No es solo un discurso sobre lo innombrable, es también, por suerte para todas, una hermosa puerta abierta a la esperanza…

La música al igual que en “Nader y Simin, una separación” la pone el compositor iraní, Sattar Oraki. La fotografía corre a cargo del director de artes escénicas y dramáticas de Teherán, el profesor Hossein Jafarian. El reparto es simplemente un prodigio de inventiva, una absoluta delicia: Shahab Hosseini, Taraneh Alidoosti, Babak Karimi y Mina Sadati, en los principales papeles.

Mucho para reflexionar…

Véanla.

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