Crítica: El autor

Con dirección de Manuel Martín Cuenca, acompañado en la labor de guionista por Alejandro Hernández, “El autor” revisa la novela “El móvil”, primer libro de Javier Cercas, del que luego pudimos leer “Soldados de Salamina”, llevada también a la gran pantalla por David Trueba. Con la fotografía de Pau Esteve, la nueva película de Martín Cuenca es un sofisticado cóctel aparentemente dulzón e irónico pero que acaba dejando poso de ansiedad.

Álvaro (Javier Gutiérrez) es un hombre que trabaja en una notaría del centro, está casado con Amanda (María León), una escritora que tiene gran éxito con la novela que acaba de publicar. Álvaro siente cierta envidia que se convierte desprecio, pues piensa que ella no es buena escritora, pero además se convence a sí mismo de que él sí va a escribir un buen libro. Él es incapaz de construir un renglón que salga directo de su imaginación y guiado por un profesor de escritura (Antonio de la Torre) descubre que la ficción se escribe con la realidad. Vuelve los ojos hacia las vidas de sus vecinos: su portera (Adelfa Calvo) y otros sirven a Álvaro para construir una maraña de relaciones, que no tardará en escapar a su dominio…

“El autor” desde las primeras imágenes te engancha, y digo más, a mí me apresó desde los primeros créditos sedosamente elaborados, con el compositor y cantante José Luis Perales. A continuación, Sevilla, una fiesta, un perro y una ruptura para llegar al templo de la historia; un edificio que combina elementos de inestabilidad y de regularidad, sirve como un medio de contacto y de paso entre los mundos. Un símbolo en los movimientos paralelos de la trama, el tren que mueve su historia y el parque de atracciones en su prolongado clímax.

Hay veces en que la frialdad es la mejor manera de llevar una historia, sobre todo cuando el material es tan rugoso como el de esta historia, de un hombre instalado incómodamente en su vida que traza un mundo novelesco ejemplar en el bosque encantado de una comunidad. El príncipe puede ir entre dragones, encontrarse con princesas, brujas y otros seres estrafalarios, pero en su soledad su escenario es frío, su escenario es blanco; a medio camino entre lo real y lo imaginario.

Perfecto como siempre, Manuel Martín Cuenca, sin dudar, instala toda su certificada experiencia en la gran imaginación y entrega que necesita “El autor”. El director andaluz, firme en los diferentes lados del argumento, conduce la intriga con la magnífica precisión de quien es capaz de convertir un acto cotidiano en una amenaza. “El autor” brilla también por su condición de bienvenida a los contextos raros, sin utilizar los efectos visuales y de sonido para atraer al espectador cuando lo sugerente siempre es más efectivo que lo obvio. La cámara de Martín Cuenca, recorre la piel y el alma de un luchador literario de nueva época, y así, cotidianamente, se convierte en su más apasionante película. Por su desenvoltura y su lenguaje elegante, por su espacio para ironías mostrando atisbos de bondad seguidos de la más elaborada crueldad, por crear vínculos de complicidad, sentenciando o ensalzando a su vulnerable primer personaje. Por el humor y el patetismo, brilla el director.

En “El autor” me agrada el concepto y el desarrollo. Un cine que besa el suelo donde juega, en una dialéctica entre entretener y convencer. Una película que se conecta con los pilares básicos del cine de suspense y, sin embargo, te relaja, te hace reír desde su dilatada calidad narrativa. Un eslabón más a favor de todos los implicados.

Una película que utiliza todo los medios a su alcance para mantenernos clavados en las butacas, prendidos de los personajes y en la vena de los personajes: Javier Gutiérrez, Adelfa Calvo, Antonio de la Torre, María León, Adriana Paz, Tenoch Huerta, Rafael Téllez, Craig Stevenson, Miguel Ángel Luque, Carmelo Muñoz Adame y Domi del Postigo, forman un gran reparto.

Véanla.

 

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Crítica: La voz dormida

CartelMás allá de su aportación artística, el principal objetivo de Benito Zambrano en esta película pasa por despertar pertinentemente “La voz dormida”. De entrada, para recobrar memorias que al cabo de los años se van perdiendo y cubriéndose de nubes que difuminan su autenticidad. La nueva obra de Zambrano, basada en una exitosa novela de Dulce Chacón, cargada de fuerza, simbolismo e ideales, nos mantiene en el filo de la hoja a medida que avanza la película. Su condición nos obliga a ver la injusticia a través de sus ojos. La cinta es a veces estricta, a veces atrevida y a veces incluso de invención en un relato verdadero. ¿Obstáculo?, para nada, lo que tiene de verdad es tan real, tan verosímil, que el recuento de los hechos que acontecieron en aquellos años superaría con superabundancia a la capacidad de denuncia de “La voz dormida”. La historia se basa en emociones fuertes: crimen político, asesinatos injustos, encarcelamientos de inocentes… La evidencia de los hechos en una ley víctima del abuso y el rencor. Gran parte de “La voz dormida” se desarrolla en una cárcel de mujeres, en el año 1941, un marco fluido y transparente. Sus martirios son un capítulo de la historia de aquella perversa posguerra.

Zambrano cuenta así en la sinopsis: Pepita (María León), una joven cordobesa de origen rural, viaja a Madrid, en plena postguerra, para estar cerca de su hermana Hortensia (Inma Cuesta) que está embarazada y en prisión. Pepita conoce a Paulino (Marc Clotet), un valenciano de familia burguesa, que lucha junto a su cuñado en la sierra de Madrid. A pesar de la dificultad de su relación, se enamoran apasionadamente. Hortensia es juzgada y condenada a muerte. La ejecución no se llevará a cabo hasta después del parto. Pepita intenta por todos los medios y en todas las instancias que condonen la ejecución. Va todos los días a la prisión con el objetivo de que le entreguen el futuro hijo de Hortensia, suplicando que no lo den en adopción o lo internen en un orfanato.

Ambientada en el Madrid aquél, representante de una nación tenebrosa y amenazante, que equilibraba y huía de su propio apocalipsis con esa prebenda de régimen represivo y clerical.

Carátula Película y manifiesto, eso nos muestra el director de “La voz dormida”. Se puede decir y se dirá que Benito Zambrano en la película no pone tachas, que no muestra errores en las gentes de la izquierda, pero es que “La voz dormida” recrea España dos años después de que terminara la contienda. Entonces todo estaba reducido a un régimen autoritario e intransigente que firmando sentencias eliminó a las libertades más elementales y a la marginalidad, a los que no comulgaban con sus creencias.

La música, la fotografía, la dirección de actores, los diálogos sin afianzar el amparo con la pasión y, sobre todo, el poder narrativo de las imágenes. En cuanto al reparto escénico todos hacen unos personajes totalmente creíbles pero a María León te la comerías a besos por lo bueno de su actuación. ¡¡Premios para ella señores del cine!!

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