Crítica: La buena esposa

Con dirección del director sueco Björn Runge, “La buena esposa” es una película centrada en la vida de una mujer que sacrifica todo por el hombre al que ama, piensa que ella, por el hecho de ser mujer nunca podrá seguir la carrera literaria con el éxito que un hombre lo puede hacer. Cuenta con guion de Jane Anderson, basado en la novela “La buena esposa” de la escritora estadunidense Meg Wolitzer. Un relato lleno de crudeza, amor y fantasmas como migajas que esperan su momento.

“La buena esposa” es Joan Castleman (Glenn Close), con su vida perfectamente ordenada, sus hijos, su hermoso matrimonio y su hermosa posición social, está en un momento malo de su vida. Ahora le parecía increíble que hubiera formado parte de todo aquello. Joan es una buena esposa, ahora madura, perfecta esposa y madre. Pero lo cierto es que lleva cuarenta años sacrificando sus sueños y ambiciones para mantener viva la llama de su matrimonio con el escritor Joe Castleman (Jonathan Pryce). En este momento ya no puede más. La entrega del Premio Nobel de Literatura a su marido, precipita todo lo negativo acumulado, Joan decide desvelar su secreto mejor guardado. Le hubiera sido difícil recordar algo que le agradara de sus vidas en común, ellos habían sido siempre seres de mundos distintos, él tan conquistador, ella tan sumisa… y ambos tan enamorados…

La lección es un drama con la ambición de trasmitir ideas y sentimientos sobre la matería abordada que no es otra que la del mundo de hombres que no favorece a la mujer en sus sentimientos, en sus anhelos, en sus frustraciones  e incluso en su normalidad. “La buena esposa” habla de personajes casi reales y cercanos a los que les ocurren cosas corrientes, es decir una película de costumbres, con personajes en los que aflora el mundo frío y competitivo de la literatura, los éxitos, las trampas, la competición, los premios…

Con una estructura enormemente sencilla, que incluye algunos flashbacks explicativos, una progresión de secuencias en paralelo y la sugestiva forma de trabajar de Björn Runge, la película derrocha inteligencia, elegancia y se esmera en momentos casi teatrales, con diálogos de una brillantez inusitada y con una cuidada dirección de actores de Claire Campbell en la que no falta nada para el buen funcionamiento de la película. Björn Runge pone un naturalismo en la escena que se apoya en los actores y actrices y en la precisión exacta del texto practicando un cine inquieto sin denuncia social aparente pero al que nadie le puede negar ni su voluntad de discurso, ni su valentía.

Naturalmente, la música de Jocelyn Pook: violista, pianista y compositora inglesa resuelve con maestría todos los momentos clave del film, música para describir acciones y movimientos en un tema básico de diversas variaciones, siempre expresivas, acertadas y subrayando las secuencias como el tictac de un reloj. En la parte visual, el camarógrafo sueco Ulf Brantas desarrolla una fecunda precisión visual, factor imprescindible para la identificación con el espectador en todo el recorrido de la trama.

En el reparto, Glenn Close, con su estilo brillante, nítido y refinado, sutilmente favorecido por el personaje, permite a la cámara que la ame y la eleve, su poder de fidelidad a la mujer que representa hace sublime su actuación. El actor Jonathan Pryce, perfecto. Christian Slater, Max Irons, Harry Lloyd, Elizabeth McGovern, Annie Starke, Alix Wilton Regan, Karin Franz Körlof, Morgane Polanski y Johan Widerberg, todos con trabajos interpretativos muy bien realizados.

Una idea la sostiene. Véanla.

 

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