Crítica: Una bolsa de canicas

El director de cine canadiense Christian Duguay nos hace regresar al pasado con “Una bolsa de canicas”, película que es un drama de vidas reales en la II Guerra Mundial, en el nazismo. El guion es de Jonathan Allouche, Alexandra Geismar, Benoît Guichard y del propio Christian Duguay.

Estamos en plena segunda Guerra Mundial, Francia está ocupada. La película nos muestra en sus primeras imágenes a un niño, Joseph (Dorian Le Clech), sentado en el poyete de un jardín; está esperando a su hermano Maurice (Batyste Fleurial) y cuando este llega, juntos corren, juegan, saltan… A continuación, la imagen nos introduce en una peluquería de caballeros propiedad de Roman (Patrick Bruel), el padre de los muchachos y de dos hijos mayores que trabajan de peluqueros con él: Albert (Ilian Bergala) y Henrri (César Domboy). El padre y los hijos sienten un tremendo amor por su esposa y madre Anna (Elsa Zylberstein), todos forman una familia llena de cariño, son judíos y para intentar salvarse, deberán de deshacer la familia. Los pequeños por un lado, buscando su salvación, los mayores por otro, los padres igualmente sufriendo todas las desgracias de la huida pero todos dando muestra de una gran astucia, coraje e ingenio para sortear a los invasores enemigos, hasta llegar a la zona supuestamente libre del sur de Francia.

Con un tiempo pausado y la estupenda música del compositor francés residente en Marruecos Armand Amar, con actores que bordan sus personajes, espléndidos en su expresión y contención, y con anécdotas hermosas, Christian Duguay se centra y detiene en los dos niños pequeños, la cámara los sigue rindiéndoles tributo histórico, captando leves matices en cada gran dolor que sufren, leves oscilaciones en cada miedo que les visita, y calibrando todos los íntimos conflictos de gravedad sobrecogedora que les manda su trágica situación.

“Una bolsa de canicas” nos cuenta una sórdida historia, con la sólida factura con las que las imágenes alcanzan su sintonía, dejando a un lado los moldes de todas las películas sobre la II Guerra Mundial que habíamos visto hasta ahora. Christian Duguay, sin prescindir de huellas emotivas, pero diestro en su capacidad para no mostrar una guerra explícita y cruda, rebusca más en los desórdenes sentimentales, los encuentros y desencuentros y la confusión de vida que en los tanques, bombas y campos de exterminio. El film se convoca en los designios de una familia judía de las muchas que padecieron el exterminio. De forma regular y discreta, en la que, pese a todo, no se detecta el gran drama que aquello fue, aunque en muchos momentos se nos ponga la piel de gallina, seguramente, además, por lo que ya aprendimos a través de los tiempos

 “Una bolsa de canicas” está basada en unos años concretos de la vida del escritor francés Joseph Joffo que dio lugar a la novela biográfica “Un sac de billes”, publicada en París en 1973. La historia ha sido también objeto de una versión para el cine que fue estrenada en 1975 bajo dirección de Jacques Doillon, el cineasta francés consideró que esta historia le proporcionaba un punto de partida idóneo para realizar el tipo de cine de conciencia colectiva.

Ahora, en 2107, Christian Duguay, como director, y Christophe Graillot, en la fotografía, necesitan llegar a todos los públicos, dar golpes de efecto y zarandear al espectador entre imágenes de aventuras y gravedad para obligarles a abrir los ojos. Ahí alcanza su razón de ser. Me parece una delicada historia de sufrimiento, inocencia y sueños frustrados. Ojalá no hubiera que hablar de temas tan horrorosos. Ojalá el ser humano no se equivocase tanto.

Los actores y actrices, maravillosos: Dorian Le Clech, Batyste Fleurial, Patrick Bruel, Elsa Zylberstein, Christian Clavier, César Domboy, Ilian Bergala, Kev Adams, Lucas Prisor, Bernard Campan.

Una narración a través del recuerdo de un niño.

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