Crítica: Los archivos del Pentágono

“Los archivos del Pentágono”, nos devuelve al director Steven Spielberg, acompañado en el guion por el americano escritor y productor de cine y televisión Josh Singer y por la joven escritora y productora neoyorkina, Liz Hannah.

La historia que nos presentan está basada en los documentos del The Washington Post, que recogían información clasificada sobre la Guerra de Vietnam. Su publicación generó un enorme debate sobre la libertad de expresión y acabó en una dura batalla legal ante el Tribunal Supremo: En junio de 1971, los principales periódicos de EE.UU. entre los que se encontraban The New York Times y The Washington Post, informaron sobre los documentos del Pentágono y el encubrimiento masivo de secretos. En ese momento, Katherine Graham (Meryl Streep) es la dueña de The Washington Post y el director es Ben Bradlee (Tom Hanks), ambos intentan relanzar un periódico en decadencia. Juntos deciden tomar la audaz decisión de apoyar a The New York Times y luchar contra el intento de la Administración Nixon de restringir la primera enmienda.

La nueva película de Steven Spielberg da comienzo con unas breves imágenes de la guerra de Vietnam, una guerra como tantas otras tragándose enteras a las personas, esas secuencias son rápidas en extinguirse para dar paso a otras atmósferas, lugares, situaciones, implicándonos en una especie de conspiración de opiniones, en fragmentos de experiencia periodística y  detalles que aquellos momentos presentaron públicamente. “Los archivos del Pentágono” es una película dedicada a un tiempo en la historia de Estados Unidos. Una de las veces que la administración ha engañado a sus “administrados”. Spielberg acerca su cámara con deferencia a un colectivo, para crear una confianza o quizás para fraguar una ilusión, esa ilusión característica con la que todo lo falso, miserable y grotesco no aparece reflejado en el espejo de la realidad.

En “Los archivos del Pentágono”, Steven Spielberg sigue con su maestría más que nunca, palabras, actos, escenas, planos, luces, tonos y una tremenda explosión de combinaciones para convencer. Levantando las faldas a un poder pasado cuyas sotanas son vestidas en estos momentos por otras figuras que tampoco convencen. Conjuga situaciones y personajes con un retrato nítido, estas son algunas de sus pinceladas más obvias, pero no duda en introducir con valentía la influencia del poder sobre la prensa, claro está, visto en aquellos momentos…

La música del gran compositor John Williams irresistible al abismo del juego, con clara vocación de metáfora, ribetea cada imagen, cada gesto, cada encuentro… El polaco director de fotografía, Janusz Kaminski, amigo y fotógrafo de cabecera de Steven Spielberg, perfila el espacio.

Meryl Streep subraya con su actuación las contradicciones de un personaje que emprende una opción tal vez equivocada no solo por motivos personales sino como el resultado de un determinado contexto social que le empuja a ello, como siempre maravillosa. Tom Hanks intenta hacer, con un lenguaje adecuado, un sensitivo monolito del personaje que interpreta, influyendo mucho en el desarrollo de la película, admirable. Jesse Plemons, Bob Odenkirk, Matthew Rhys,Michael Stuhlbarg, Sarah Paulson, Alison Brie, Carrie Coon, David Cross, Bruce Greenwood, Tracy Letts, Bradley Whitford y Zack Woods derrochan en sus interpretaciones, expresividad, rabia, vigor y ansiedad, es por eso que resultan una enormes interpretaciones.

Curiosa la frase que culmina la película: “La prensa no está para ayudar al poder, la prensa está para ayudar al ciudadano”.

Reflexionemos.

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