Crítica: Parásitos

Emplear una palabra apropiada para definir el cine que crea el director y guionista surcoreano Bong Joon-ho es difícil: ¿Comedia negra? ¿Cine político? ¿Cine social? Decir que su última película es de una temática en concreto es reducir la auténtica dimensión de “Parásitos”.

Llevados del  guion de Kim Dae-hwan, Bong Joon-ho y  Jin Won Han, no cabe duda de que estamos ante un documento que retrata la realidad coreana, en este caso la de la familia de Tanto Gi Taek (Song Kang Ho), familia que lucha día a día para poder mantenerse a flote, ninguno de sus miembros tiene trabajo  y lo están pasando verdaderamente mal.  Todo cambia para ellos cuando el  hijo mayor, Gi Woo (Choi Woo Shik), empieza a dar clases particulares de inglés en casa de Park (Lee Sun Gyun). A partir de ahí todos formarán una relación simbiótica en la que los pobres  ofrecerán a los ricos los servicios sin los que los ricos son capaces de vivir. Las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a  mundos totalmente distintos, comienzan una interrelación de resultados imprevisibles…

“Parásitos” es heredera de la mejor tradición del cine de su país, enlaza directamente con esas  raíces, de acuerdo a las pautas tan rocambolescas como verosímiles  que los alicientes añadidos  le insuflan en un excelente golpe de guion. Esas son las reglas que rigen “Parásitos”, crónica de una monumental diferencia de clases, bajo el modelo de una sociedad con profundas ramificaciones y desaires. Bong Joon-ho aporta su habitual tendencia al exceso pero en todo momento justificado por personajes huérfanos de protección. Una nota humana en una trama con fondo de máxima frialdad.

Pero, además, “Parásitos” es un retrato de psicologías, explora su vertiente oculta y los ajustes que delatan al género humano, conduciendo al espectador a la intriga con la diabólica precisión de quien es capaz de convertir el más natural acto cotidiano en una conminación. Bong Joon-ho consigue que el espectador  perciba un simple olor a humedad como una posible y tremenda amenaza. A tal estado de incertidumbre contribuye, sin duda, el espléndido planteamiento, el desarrollo, el ritmo, los diálogos y la fotografía; a pesar de su larga duración, -138 minutos-, queda escrupulosamente corta.

Bong Joon-ho, domina la resbaladiza materia que trata y consigue divertir y emocionar con esmerado pudor. Son sus personajes parte de esta realidad ya sea allí o aquí y el director los devuelve a la vida y los enfrenta al compromiso de esa realidad como ladrillo o empellón, recurriendo a la simbología del tiempo, de la sociedad moderna, las diferencias sociales y  los intereses propios. Todo en suma hace que no por casualidad esta película destaque entre muchas.

“Parásitos” muestra, sin golpes bajos ni pena, una realidad diaria alcanzando con ella una sintonía muy pocas veces igualada.

Me quedo con una frase que me llegó y se quedó: “La gente que viaja en metro huele distinto”.

La música corre a cargo de la compositora coreana Jaeil Jung. En la fotografía, el director coreano  Kyung-Pyo Hong. El reparto está compuesto por un acertadísimo elenco: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong,  Choi Woo-sik  y Park So dam.

Buena obra. Véanla.

Crítica: Cafarnaúm

Quienes durante años hemos seguido los pasos de la directora de cine Nadine Labaki hemos apreciado que ama al cine y a su tierra; quienes hayan seguido sus plurales inclinaciones explicativas sobre su cultura y su sociedad sabrán de sus inquietudes, sus preocupaciones y forma de transmitir. De todo esto se da cuenta en “Cafarnaúm”, su última película. El guion es de la propia Nadine Labaki y del guionista Labaki Jihad Hojeily.

“Cafarnaúm” es una película con discurso, que mezcla, como en un calidoscopio, la vida de un puñado de personajes entre meses y cincuenta años. Algo así como un recorrido por el terror de una ficción pero que desgraciadamente atiende a circunstancias reales del país donde se desarrolla la historia y de otras áreas que competen en esta acusación.

El film comienza con la imagen desoladora de un barrio de Beirut. Niños jugando a matar con escopetas de madera; luchando cada día entre ellos, fumando, espantando sobresaltos y basura. Después, vemos uno de esos niños ante un tribunal, es Zain (Zain al-Rafeea), un niño de 12 años, que vive con su padre (Kawsar Al Haddad ), su madre (Fadi Yousef) y siete hermanos, entre escasez, miseria y malos tratos. Zain trabaja, ayuda y se preocupa mucho por todos sus hermanos, sobre todo por Saha (Cedra Izzam) porque es la más vulnerable en esa situación discriminatoria de inseguridad, en especial al alcanzar la niña los trece años y tratar de venderla sus padres a un hombre mayor. Zain tiene la madurez de alguien que ha sufrido mucho y la reivindicación en sus venas mal alimentadas. Su vida es brutal porque, por añadidura, son las leyes que gobiernan su vida en privado las que en principio deberían proteger sus derechos más esenciales.

Nadine Labaki ha puesto muchas verdades en la película y todas muy sangrantes. Le sobran lágrimas al espectador de “Cafarnaúm” y le falta aliento; es una progresiva locura, una hondonada a ciegas que te envuelve en la desmesura de su realidad, generando al mismo tiempo un sentimiento de impotencia y frustración. Es evidente que esta denuncia no es gratuita sino que es un espejo donde mirarnos, un puente que va desde nosotros hasta los otros…  Una enorme vergüenza para el ser humano…

Verdaderamente no es casualidad que esta película de Nadine Labaki como directora barra en las entregas más importantes de premios. Es magnífica. Es talento, energía, capacidad de trabajo y solemnidad. Es una película desgarradora, un drama social con ambición de trasmitir sentimientos. Con una estructura arriesgada que incluye flashback, progresión de secuencias casi documentales y mezcla de acción real. Una película muy difícil de escribir y de rodar. Nadine Labaki, una directora que derrocha inteligencia y se esmera con una brillantez inusitada y una cuidada dirección de actores; en este apartado realiza todo un quiebro genial.

En la música, Khaled Mouzanar. La fotografía es de Christopher Aoun. En el reparto: Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw, Boluwati, Treasure Bankole, Kawthar Al Haddad, Fadi Kamel Youssef, Cedra Izam, Alaa Chouchnieh, Nour el Husseini, Elias Khoury y la gran directora Nadine Labaki que, como viviendo un dulce mensaje alegórico, actúa de abogada adquiriendo eco y militancia.

Los pasaran fatal viéndola pero, si pueden, véanla.

Crítica: Aniara

Hugo Lilja y Pella Kagerman escriben y dirigen “Aniara”, un drama de ciencia ficción basado en la gran epopeya lírica del sueco Harry Martinson, cuyos poemas fueron escritos en el año 1956. Ambos consiguen que el cine sueco camine un paso más allá. “Aniara” es el ecuménico viaje que ilustra el arduo y viscoso proceso que podríamos estar vislumbrando nosotros mismos.

La película da comienzo con imágenes extrañas y familiares, y un pase de títulos de crédito, un principio que es a la vez el fin. Enseguida nos muestran a la Mimaroben (Amelie Jonsson) una mujer de unos treinta años que sube en el elevador hacia Aniara, un vehículo espacial que une la tierra con el planeta Marte. Mimaroben es la responsable de la sala de animación tecno-sicológica llamada Mima. Son muchos pasajeros los que conforman la totalidad del viaje que se dice será de tres semanas, pero todo se complica y el capitán Chefone (Arvin Kananian) tiene que dirigirse al pasaje para tranquilizarles y comunicarles las posibilidades que se les plantean, avalado por la astrónoma (Anneli Martini) y la piloto Isagel (Bianca Cruzeiro). La nave a Marte se desvía de su rumbo…

Hugo Lilja y Pella Kagerman trabajan en “Aniara” una escritura casi transparente prescindiendo del más mínimo matiz superfluo para lograr con su película la mayor condensación de sentido. En la escena, automatismos y desolación, como minuciosa crónica de sucesos que hace de los desequilibrios algo apasionante, bebiendo de todos los recursos formales del cine actual.

“Aniara” forma parte de esa ciencia ficción que busca escenarios futuros para plantarnos cara a cara con males cotidianos, es ciencia ficción en estado puro y sigue un patrón que bebe del drama histórico y social. He encontrado en esta película respuestas a debates éticos y políticos del pasado, el presente y el mañana. Respuestas y muchas preguntas. Perfecta la puesta en escena, solo por eso ya merecen sus directores todo nuestro respeto. Pero hay más: hay un vivir ordinario contado sin florituras, el discurso, la reflexión, las simbologías, la gran ansiedad que irremediable percibe el espectador. Una película atemporal, atrayente e inquietante.

Con “Aniara” nos hallamos ante un caso especial, ya que pertenece a autores jóvenes que han convertido su obra en un talentoso film dentro del género. Hugo Lilja y Pella Kagerman muestran respeto por sus personajes más allá de sus desesperanzas y de los recursos. Sin espectáculo, su mensaje subliminal podría llevarnos a la más endiablada reflexión, como si fuera una parábola del discurrir de nuestra civilización. La película es una historia prominente, tensa y delatora, dotada de una dolorosa clarividencia.

Los actores y actrices son la pirueta y el conducto necesario para servirnos en bandeja un abismo: Emelie Jonsson, Arvin Kananian, Bianca Cruzeiro, Jennie Silfverhjelm , Emma Broomé , Jamil Drissi , Leon Jiber, Peter Carlberg , Juan Rodríguez, Dakota Trancher, Otis Castillo, Dante Westergårdh, Elin Lilleman y Agnes Lundgren, entre otros. En la fotografía, Sophie Winqvist. En la música, Alexander Berg.

Hay ocasiones en que la frialdad es la única manera de abordar lo que se quiere decir, sobre todo cuando el material en bruto es tan brutal.

Véanla.

Crítica: El despertar de las hormigas

Concienciación y educación social, “El despertar de las hormigas” está escrita y dirigida por Antonella Sudasassi Furniss. La historia que nos presenta la cineasta costarricense nos muestra personajes de la vida real. Son personajes traídos como mensaje y utilización, creados para una película que básicamente muestra la problemática de la mujer en su país, una situación que puede ser extrapolable al resto de países de cualquier continente.

Isabel (Daniella Valenciano) vive con su familia en un pequeño pueblo de Costa Rica, ella, sus dos hijas y Alcides, (Leynar Gomez) marido de Isa y padre de sus niñas. Están felices como están pero él quiere ser papá de nuevo. Isa, sin embargo, no quiere otro embarazo. Quiere vivir como vive, con su trabajo, su casa, su marido y sus dos hijas. Hasta ahora, nunca ha cuestionado su papel dentro de la familia, todo ha ido bien aparentemente pero la cosa va cambiando en poco tiempo, Alcides quiere el hijo por encima de todo y no escucha lo que Isabel piensa y siente. Isabel no sabe qué hacer ni a quién pedir consejo, pero toma decisiones…

Es magnífico como Antonella Sudasassi Furniss demuestra en su primer trabajo su apego a la verdad y a la ética, estando dispuesta a arriesgar para que prevalezca una realidad que sufre la sociedad y particularmente las mujeres. “El despertar de las hormigas” es una intensa película de capacitación y relaciones en cuyo objetivo se centra la trama sin apenas decir, solo en sentido cinematográfico, un mensaje subliminal que podría ser una voz que rompe el viento y llega a elaborar estrategias que permiten visualizar causas y consecuencias de una desigual situación.

Hay que pensar en su simbólico título: “El despertar de las hormigas”, para comprender en toda su dimensión la grandeza que encierra esta película. Es una obra esencialmente familiar pero, claro está, que no es solo eso, la narración se toma su tiempo para dejar ver a las claras sus intenciones; conviene matizar que no es una película para impacientes, es lenta, sosegada y pausadamente justa. Del tejido de lo que cuenta, más una trenzada y preclara vivencia, surge la lección de una temática concreta: la mujer, su mentalidad, necesidades, cohesión social, sexualidad, intereses, capacidad, dificultades… Un reflejo claro de lo que las mujeres padecen en la familia patriarcal de nuestra sociedad, sabiendo que esta es el centro legal de las exigencias del varón.

Furniss estructura el guion con fuerte protagonismo para su personaje, Isabel, y con el ojo puesto en todos los personajes, en todas las simbologías: el calor, el entorno rural, el pelo largo, los insectos, la atmósfera. Rigor en la escena y en los detalles. En “El despertar de las hormigas”, el amor hace generosa la reivindicación. La mujer en la familia carece de justificación existencial como ser autónomo. Ante eso la película utiliza todos los medios, interviniendo, denunciando, pidiendo justicia, dignidad e igualdad entre hombre y mujer desde el propio hogar.

En la música, que no banda sonora, Sergio de la Puente. Fotografía de Andrés Campos. En el reparto, Daniella Valenciano, sirve con absoluta perfección el difícil rol de una mujer cuyo mundo puede saltar por los aires en cualquier momento. Resplandece la fuerza y sinceridad de Leynar Gomez. El resto del reparto Isabella Moscoso, Avril Alpízar, Adriana Álvarez y Carolina Fernández, componen un buen contraste.

Una mirada sencilla sobre el género humano, un cultivado tapiz de relaciones donde los estallidos de solidaridad conspiran para estrechar en la garganta del espectador un nudo marinero de irrevocable congoja.

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