Crítica: La hija de un ladrón

La directora catalana Belén Funes, que lleva fusionada al cine desde bien jovencita, nos presenta su primer largo para la gran pantalla: “La hija de un ladrón”, una historia que ha conseguido ser cabeza visible del cine social en nuestro país. Película sabia, conmovedora, realista y demencial, en un cine íntimo y emotivo, retratado con toda su gama de matices, con sus altos y sus bajos, claros y oscuros con razones totalmente creíbles.

Bajemos a la historia: Sara (Greta Fernández) es una chica joven, activa y lúcida, una chica muy responsable que ha tenido muchos problemas, en realidad ha estado casi toda su vida sola. Su madre les abandonó hace tiempo. Tiene 22 años y un bebé; el padre es Dani (Àlex Monner) que no es su novio, lo fue, y que le ayuda cuanto puede, es él el único apoyo que tiene. El deseo de la chica es formar una familia que le aporte estabilidad y sosiego, sería perfecto; junto a su hermano que es pequeño, Martín (Tomás Martín), y Dani su ex. Su padre Manuel (Eduard Fernández), tras varios años en la cárcel, sale y reaparece en sus vidas tal como es él y siempre fue, engreído, orgulloso e intolerante y todo se complica un poco más.

Estamos en Barcelona pero, desde las primeras imágenes de “La hija de un ladrón”, nos podemos situar en cualquier ciudad de España, en un barrio marginal. El film de Belén Funes levanta un discurso genial y testimonial, trabajado sobre un guion excelente escrito por la misma directora y el guionista Marçal Cebrian, un film extraordinario que se agarra a la piel, como un mal estado de ánimo.

El cine hace tiempo que dejó de ser un instrumento para esculpir postales en celuloide, a honra y gloria de los grandes en la pantalla ha pasado a fijar su atención en la excepcionalidad de vidas marcadas, por su exclusión, por su extravagancia, cuando no por sus miserias. La trama de “La hija de un ladrón” tiene un mensaje sumamente interesante, descubriendo la dulzura en la aberración y en la irregularidad de las vidas de los personajes. Belén Funes hace de su dirección triunfo. Esbozando épica a partir de lo minúsculo, hurgando en el corazón de lo marginal y descubriendo en ese yermo territorio desvelos universales.

En “La hija de un ladrón” el proceso de crecimiento de los personajes, que se nos hacen tan cercanos como un compañero de butaca es paralelo a la ruta que sigue la película, que de drama más o menos agudo, pasa a desdicha cada vez más áspera, hasta enfilar la recta final, impregnada de desasosiego y fuerte tristeza. Quiere ser, y lo consigue, un retrato sin filtros ni asideros de una realidad, en un mundo donde los valores son aplastados por lo establecido.

Una directora, unos actores y actrices, y unos personajes buscando un bálsamo para sanar esa cosa que llamamos alma.

Greta Fernández es, con esta interpretación, una protagonista verdaderamente ganadora; su padre Eduard Fernández, tiene en “La hija de un ladrón” buenísimas escenas, todo nos lo brinda siempre este gran actor, es magnífico. Tomás Martín, Àlex Monner, Frank Feys, Borja Espinosa, Adela Silvestre, Cristina Blanco, Anabel Moreno, Daniel Medrán, Manuel Mateos, Anna Alarcón y Silvia de la Rosa, todos llenos de inteligencia y merecedores de un gran aplauso. La directora de fotografía Neus Ollé pone su buen hacer en la parte visual.

Véanla.

Crítica: La trinchera infinita

“La trinchera infinita” ha sido dirigida por Jon Garaño, Aitor Arregi y  José Mari Goenaga y es el más explícito ejemplo de la historia española más oculta para nuestro cine. El film cuenta con un perfecto camino, escrito por el guionista Luiso Berdejo y el propio José Mari Goenaga. El reparto es estelar, encabezado por Antonio de la Torre que demuestra, una vez más, que es uno de los mejores actores de su generación en la gran pantalla, y la actriz Belén Cuesta, elegida para ser la  mujer del protagonista, que también borda su personaje.

Higinio (Antonio de la Torre) y Rosa (Belén Cuesta) son una pareja que  lleva pocos meses casada cuando estalla la Guerra Civil y la vida de él está gravemente amenazada. Después de estar a punto de morir a manos de los golpistas y ver cómo tirotean a varios compañeros, Higinio se escapa y vuelve a escondidas a su casa.Con la ayuda y la complicidad de su joven esposa decide utilizar un agujero cavado en su propia casa como un escondite provisional. Pero la guerra, la dictadura y la represión se alargan tanto… y el cuerpo humano tiene tanta fuerza de aguante que así, rompiendo su presente, su futuro y el de toda su familia, pasan 30 años. Treinta años en los que el dolor, el miedo y la muerte crean la cruel destrucción  de muchas vidas.

“La trinchera infinita” es una película imprescindible, pausada, elegante, grave, veraz y perfecta.

Cuando la historia comienza, el protagonista  lanza al aire el lamento y la declaración de amor que encierra la trama  de “La trinchera infinita”. Todo el conjunto se apodera del espectador con la sensación de no quitar ojo de la pantalla el tiempo que dure la película, porque se necesita la atención y el silencio para digerir cómo se debe la catarata de sentimientos que suscita esta espléndida película de ficción, la más cercana a una dolorosa realidad que jamás hemos visto en años. Con un montaje brillante, un mensaje desgarrador, atmósfera opresiva y la confianza de los directores en la inteligencia del espectador  “La trinchera infinita” vuelca todo su interés en la gente que sufrió  la guerra y la postguerra en el pulso vital de los pueblos y ciudades castigadas más allá de la lógica razón.

En cada uno de los planos de “La trinchera infinita” confluyen, con palpable tensión la poéticas de tres cineastas, en una compartida búsqueda de luz para el mundo. Una película sobre la humanidad, el odio, la guerra y el miedo a la pérdida; probablemente  la película más demoledora del año en nuestro país. Una cinta para perdurar, para anclar en lo más profundo de la memoria, llevándonos a zonas inexploradas de la emoción cinematográfica en la pantalla de nuestro cine. Sin atiborrarnos de efemérides o datos enciclopédicos, apostando con fuerza por la absoluta estilización del tono dramático-fantasmal, la cámara sigue la acción con pornográfica cercanía aislando la escena de peripecias superfluas. Una película que instaura un equilibrio en un mundo pequeño, un microcosmos lleno de insinuaciones, metáforas y tiempo que se rebela. Que arremete como ninguna contra los límites de la propia cinematografía. Una película que se dio a sí misma una verdad no contada.

La música del compositor francés Pascal Gaigne es una sensual inmersión en una historia de naufragio, de sentimiento e ideas, su seductor tono nos arrastra, sin remedio, hasta la profundidad de cada parpadeo, de cada movimiento.  La fotografía del director Javier Agirre Erauso, exquisita, un toque visual presentado con el ingenio que acostumbra y su genuino talento para el trabajo que realiza. En el reparto, Antonio de la Torre supera con creces todos los trabajos anteriores, imposible estar mejor. Belén Cuesta, excelente. Vicente Vergara, José Manuel Poga, Emilio Palacios, José María del Castillo y Carlos Bernardino forman un cuadro de actores que logran sacar para todos una obra mágica.

Véanla.

Crítica: Diecisiete

“Diecisiete” es la nueva película del director español Daniel Sánchez Arévalo, que se ha encargado también de su guion. El cineasta cuenta una historia, inquieto en su necesidad de reflejar sin filtros una realidad social, un retrato desprovisto de énfasis que levanta acta de la miserabilísima falsedad que cubre las vidas que contemplamos. Con “Diecisiete”, Sánchez Arévalo brilla por lo entrañable y escalofriante de la historia.

Nos presenta a Héctor (Biel Montoro), un chico de 17 años con muchos problemas, entre otros, su abuela está muy enferma y no tiene dinero ni medios para cuidarla. Pasan algunas cosas nada legales y esto le lleva a pasar dos años recluido en un centro de menores en medio de un terreno salvaje y apartado del mundo, marginado por los compañeros e incomprendido por culpa de su forma de ser. Hasta que un día participa en una terapia de reinserción con perros y acepta el ofrecimiento de la cuidadora lo que le lleva a establecer un vínculo indisoluble con uno de los perros. Por él será por quien, a pesar de que le quedan menos de dos meses para cumplir su internamiento, decide escaparse para dar inicio a una aventura en la que contará con su hermano Ismael (Nacho Sánchez) y Cuca (Lola Cordón), su abuela. Juntos inician un viaje en caravana. Un viaje de escape, de búsqueda y, sobre todo, de encuentro humano…

El fragmento de iniciación de “Diecisiete” es el prólogo de la historia principal y nos brinda las claves para entender que los elementos importantes en esta película no están muy lejos unos de otros, sino que están soldados entre sí en su deseo invertido de vida real o imaginable.

“Diecisiete” es la historia de dos hermanos, dos experiencias de vida en un mismo entorno social, Cantabria, que puede ser la de hoy mismo. Contada tanto desde el punto de vista social como desde la diferencia de edades y el tiempo, fragmentando una realidad en la que cada cual se queda con su propia idea. Una película dramática, crecida de comicidad y escenas llenas de insólita belleza de las tierras cántabras, no hay concesiones banas al sentimentalismo, ni olvida la lección de humanismo, el contraste entre la mente rebelde y la esperanzada, y la conjugación de la voz de las conciencias.

La verdad es que Daniel Sánchez Arévalo no innova pero es muy de agradecer que identifique  un mundo que nos puede parecer lejano pero que está ahí y el director se encarga de colocarlo frente a nuestros ojos. A medida que avanza la película, la cámara atrapa los rostros de los personajes para mostrar en primer plano sus debilidades, sus mecanismos de defensa, sus reacciones hostiles y su humanidad en estado puro…

Es por todo ello que llega el final y te deja una sonrisa de agradecimiento a una película entrañable.

En el reparto: Biel Montoro, con un papel muy complicado y bien trabajado; Nacho Sánchez, atrapado cabalmente en su personaje, un personaje enorme que interesa muchísimo. Lola Cordón, te eleva en su difícil tarea, un gran papel. Iñigo Aranburu, Itsaso Arana, Kándido Uranga, Carolina Clemente, Jorge Cabrera, Chani Martín y Mamen Duch, todos forman un brillante grupo que ha conseguido lo que quería. La música corre a cargo del cantante, guitarrista y compositor jerezano, Julio de la Rosa. La fotografía la trabaja el director de fotografía andorrano Sergi Vilanova.

En resumen, una sensible e inteligente película que no podemos dejar de ver.

Crítica: Parásitos

Emplear una palabra apropiada para definir el cine que crea el director y guionista surcoreano Bong Joon-ho es difícil: ¿Comedia negra? ¿Cine político? ¿Cine social? Decir que su última película es de una temática en concreto es reducir la auténtica dimensión de “Parásitos”.

Llevados del  guion de Kim Dae-hwan, Bong Joon-ho y  Jin Won Han, no cabe duda de que estamos ante un documento que retrata la realidad coreana, en este caso la de la familia de Tanto Gi Taek (Song Kang Ho), familia que lucha día a día para poder mantenerse a flote, ninguno de sus miembros tiene trabajo  y lo están pasando verdaderamente mal.  Todo cambia para ellos cuando el  hijo mayor, Gi Woo (Choi Woo Shik), empieza a dar clases particulares de inglés en casa de Park (Lee Sun Gyun). A partir de ahí todos formarán una relación simbiótica en la que los pobres  ofrecerán a los ricos los servicios sin los que los ricos son capaces de vivir. Las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a  mundos totalmente distintos, comienzan una interrelación de resultados imprevisibles…

“Parásitos” es heredera de la mejor tradición del cine de su país, enlaza directamente con esas  raíces, de acuerdo a las pautas tan rocambolescas como verosímiles  que los alicientes añadidos  le insuflan en un excelente golpe de guion. Esas son las reglas que rigen “Parásitos”, crónica de una monumental diferencia de clases, bajo el modelo de una sociedad con profundas ramificaciones y desaires. Bong Joon-ho aporta su habitual tendencia al exceso pero en todo momento justificado por personajes huérfanos de protección. Una nota humana en una trama con fondo de máxima frialdad.

Pero, además, “Parásitos” es un retrato de psicologías, explora su vertiente oculta y los ajustes que delatan al género humano, conduciendo al espectador a la intriga con la diabólica precisión de quien es capaz de convertir el más natural acto cotidiano en una conminación. Bong Joon-ho consigue que el espectador  perciba un simple olor a humedad como una posible y tremenda amenaza. A tal estado de incertidumbre contribuye, sin duda, el espléndido planteamiento, el desarrollo, el ritmo, los diálogos y la fotografía; a pesar de su larga duración, -138 minutos-, queda escrupulosamente corta.

Bong Joon-ho, domina la resbaladiza materia que trata y consigue divertir y emocionar con esmerado pudor. Son sus personajes parte de esta realidad ya sea allí o aquí y el director los devuelve a la vida y los enfrenta al compromiso de esa realidad como ladrillo o empellón, recurriendo a la simbología del tiempo, de la sociedad moderna, las diferencias sociales y  los intereses propios. Todo en suma hace que no por casualidad esta película destaque entre muchas.

“Parásitos” muestra, sin golpes bajos ni pena, una realidad diaria alcanzando con ella una sintonía muy pocas veces igualada.

Me quedo con una frase que me llegó y se quedó: “La gente que viaja en metro huele distinto”.

La música corre a cargo de la compositora coreana Jaeil Jung. En la fotografía, el director coreano  Kyung-Pyo Hong. El reparto está compuesto por un acertadísimo elenco: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong,  Choi Woo-sik  y Park So dam.

Buena obra. Véanla.

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