Crítica: Yo, Daniel Blake

El director de cine Ken Loach es como un viejo amigo del que ya nada nos sorprende pero con el que siempre nos parece delicioso un nuevo encuentro. Como en toda su carrera, el cineasta nuevamente muestra su aptitud de acusación contra lo establecido. Crítica de la película “Yo, Daniel Blake”.

En su última película explora la humillación social a la que es sometida la gente obrera y nos pone como ejemplo a Daniel Blake (Dave Johns), un carpintero inglés de 59 que sufre un ataque al corazón, al que el médico prohíbe que vuelva a trabajar. Daniel saca fuerzas para salir adelante y agotando las pocas reservas de ahorros que tiene en casa se ve en la necesidad de acudir a la asistencia social, entrando en un espiral de impersonal burocracia. El hombre se crece y lucha y lucha contra la administración. Justo en la oficina de empleo, Daniel conoce Katie (Hayley Squires), una mujer joven que acaba de llegar a la ciudad con un niño Dylan (Dylan McKiernan) y una niña Daisy (Briana Shann). Juntos han de compartir cariño, ternura y las malandanzas del engañoso sistema social en el que viven… A partir de ahí la película se convierte en un camino sembrado de obstáculos.

Como pueden suponer, ésta es una película tremendamente salvaje. Nadie como el guionista Paul Laverty y el director Ken Loach para lograr una muestra tan fehaciente de la desprotección de los pobres. “Yo, Daniel Blake” tiene un sabor exclusivo que nos conectará sin esfuerzo en un drama actual con el aroma de un humor ácido, su estilo, enfocando sin luz de fondo la perspectiva de la clase trabajadora. Su realismo y los diálogos de los dos protagonistas principales, carne esencialmente de sacrificio, contribuyen entre otros elementos a sacar sin acción este ejemplo de cine de alta tensión. Ken Loach con “Yo, Daniel Blake” utiliza todos sus recursos para agitar dentro del espectador acomodado esa brizna de certezas que no le permitirán dormir tranquilo. Tan impecable en su ritmo, recreación y mensaje que no hace sino reflejar el fracaso de un sistema como es el británico, parecido al de muchos otros países que se hacen llamar democráticos. Llegando a todos los públicos y zarandeándonos con la sonrisa y la gravedad, para obligarnos a abrir los ojos ya.

Es “Yo, Daniel Blake” un rugido de capacidad mediática y un documento testimonial. Gente al margen de gente, en un mundo encerrado en sí mismo. Y para sacar chispas con la marca de la casa, para que podamos verlo plasmado en la pantalla, están los actores y actrices: Dave Johns, Hayley Squires, Briana Shann, Dylan McKiernan, Kate Rutter,Sharon Percy, Kema Sikazwe, Steven Richens y Amanda Payne. En la música el gran compositor británico de bandas sonoras, maestro George Fenton. La fotografía corre a cargo del famoso director irlandés Robbie Ryan.

Un drama de nuestros días que el film aborda en toda su complejidad sin prescindir de sus componentes emotivos.

Véanla.

Crítica: Lady Macbeth

En esta película tan hermosa como terrible, dirigida por William Oldroyd en su primer trabajo para la gran pantalla, encontramos una muestra de un drama de época en donde fluye toda la violencia de los sentimientos, la subordinación y la rebeldía. Con guion de la escritora, dramaturga y productora inglesa Alice Birch, adaptado de la novela “Lady Macbeth de Mtsenskde”, de Nikolai Leskov (1865). Crítica de la película “Lady Macbeth”.

La película se abre con una escena de boda. Estamos en la Inglaterra rural, Northumberland, 1865. Katherine (Florence Pugh) es vendida por su padre junto con unas hectáreas de tierra a un burgués mucho mayor que ella, Alexander (Paul Hilton), un hombre rico que vive con su padre, Boris (Christopher Fairbank). Boris es un poderoso industrial de mal talante y peor trato. Los dos hombres, esposo y suegro, desde su posición y su clasismo hablan con desprecio a Katherine, en la mesa, en el salón y en cualquier sitio en el que hubiera ocasión, pero hay un espacio en que a Katherine se la elimina por completo: el de la sexualidad. Katherine no puede más seguir viviendo en un mundo sin nadie… Y sin salir del entorno encuentra el amor correspondido en Sebastián (Cosmo Jarvis), un empleado de la hacienda de su esposo. Desde ese momento, Katherine transforma en absoluto su pequeño poder de mujer maltratada y utilizada.

El diccionario define la maldad como “calidad de lo que es malo o está hecho con intenciones aviesas”, el primer largometraje de William Oldroyd no es tan conciso en su exposición, pero llega a conclusiones similares. El famoso director de teatro y ópera, en el cine está especialmente inspirado.

“Lady Macbeth” explora la vertiente oculta de la burguesía con exquisitos matices. Oldroyd conduce la intriga con la puntualidad de quien es capaz de convertir su primera experiencia cinematográfica en todo un éxito. Consigue que el espectador perciba una imagen fija, una doncella apretando un corsé o unas manos quietas, como un mensaje sobre las condiciones de los protagonistas que no están en los diálogos o en la imagen explícita. Oldroyd subraya a un personaje que emprende una opción equivocada no solo por motivos personales sino como resultado de un determinado contexto que lo precipita hasta ese punto.

En “Lady Macbeth” se repasa ese panorama opresivo de la época con excelente sentido de la elipsis y sobrada capacidad para capturar todo lo que le rodea y las convenciones que ahogan a los personajes, defendidos con energía por un excelente plantel de actores y actrices del que destaca Florence Pugh, extraordinaria protagonista en su primer trabajo protagónico en cine, y Naomi Ackie, con un personaje muy representativo, se luce en su actuación. Es justo decir que el resto del reparto también está formidable: Christopher Fairbank, Cosmo Jarvis, Bill Fellows,Ian Conningham, Paul Hilton, Joseph Teague, Golda Rosheuvel y Rebecca Manley. La música la pone el compositor australiano Dan Jones y la fotografía es de la también australiana directora Ari Wegner.

“Lady Macbeth” refleja lo difícil que fue y es reivindicar la libertad cuando se navega a contracorriente.

Crítica: American Honey

No es casual que la tercera película de la directora de cine inglesa, Andrea Arnold sea portadora de una gran cantidad de premios. Su talento creativo, la energía, la capacidad para el trabajo de innovación de Andrea Arnold siempre han sido reconocidos a lo largo de su carrera y sus distintos campos. Crítica de la película “American Honey”.

He aquí las claves del film: Star (Sasha Lane) es una chica adolescente, moderna, guapa y pobre. Dedica todo su tiempo a cuidar de sus hermanos. Cuando era pequeña tal vez se esforzó por ser la mejor, la más responsable, la más afortunada pero todo cambió lentamente a medida que los años pasaban. Ahora su vida no le satisface. Justo en el momento en que ve una oportunidad de escapar y  dejar a su familia conoce a un grupo chicas y chicos que venden suscripciones de revistas a domicilio. En una furgoneta recorren el Medio Oeste de los Estados Unidos. Star se une a ellos, se siente bien, se divierte, entre otros, con Jake (Shia LeBeouf), Kristal (Riley Keough) Corey (McCaul Lombardi) y Pagan (Arielle Holmes). Todos juntos vivirán aventuras, descubrimientos, obsesiones, sueños…

Llevamos tiempo diciendo que este siglo será de las mujeres y me alegro de ello, sobre todo viendo esta obra de cine sencillo nada reiterativo, firme y orientado a lo más elemental y fresco. “American Honey” mimetiza hasta el delirio los mohines coloristas para que disfrutemos sin perjuicios de un ejercicio de  estilo cien por cien posmoderno y con nervio. Andrea Arnold con su nueva película quiere dar la apariencia de no buscar la reflexión, de entregarnos su trabajo como si fuese la copia de un cuadro perfecto, una composición pictórica en cuya superficie nos es conveniente rascar…

La directora, que lleva pensando cine social desde su infancia cinematográfica, ha escrito este magnífico guión, dramático, próximo, patético al tiempo que real y distanciando. Tan delirante. Ella misma ha sabido convertirlo en una interesante película apostando por la crudeza, por la realidad violenta, los gritones sentimientos y la pasión sin contención. Cámara en mano nos acerca la escena con el cierto apresuramiento del rigor, Arnold y su equipo han cuidado los detalles humanos, visuales y argumentales en los que cada plano parece fruto de una realidad inmediata.

Mirando esta obra llena de matices, vemos un innegable amor por los personajes, rascando un poco más la extensión de su recorrido, adentrándonos  en el paisaje de “American Honey”, llegando a su duro rastrojo encontramos muchas lecturas; vemos enjutas figuras dramáticas, personajes lanzados en caída libre por una sociedad enferma. Jóvenes náufragos en alta mar con la pasión por lo desconocido y el deseo de libertad vivido sin un mañana. Jóvenes atados al sistema sin notar la sumisión a las reglas aunque heridos por las hondas cascadas del fracaso.

La ternura me acorrala en esta reflexión, a la vez que escucho una canción de la banda sonora, “Dream Baby Dream”, de Bruce Springsteen,  es curioso, la película no es nada tierna. “American Honey” lanza un foco concreto con una luz fría que descubre el interior de cada uno de los jóvenes en plena pérdida de su inocencia.

Actores casi desconocidos, un estupendo reparto. Sasha Lane aporta una brillante interpretación de su personaje falto de cariño.  Shia LeBeouf,  Riley Keough, McCaul Lombardi,  Arielle Holmes  gozan de un fantástico control interpretativo, al igual que  Crystal Ice, Veronica Ezell, Chad Cox, Garry Howell, Kenneth Kory Tucker, Raymond Coalson, Isaiah Stone, Dakota Powers, Shawna Rae Moseley, Chris WrightWill Patton, todo el conjunto es una pirámide coherente. La fotografía es del director irlandés Robbie Ryan.

“American Honey” no es una película para todos los públicos. Me quedo con una pregunta que surge en uno de sus diálogos: ¿Cuál es el sueño de tu vida?

Crítica: Doña Clara

El cineasta  brasileño Kleber Mendonça Filho, licenciado en periodismo, catedrático de literatura, crítico de cine, escritor, director de documentales y cortometrajes, en su segundo largo sigue siendo un explorador de las raíces de su país, parte de una historia de sentimientos, ambientada en una zona de Brasil, y la trasplanta a las manos del público. En el trasfondo late el estremecimiento de una nación que se resquebraja, pero la cámara centra su atención en una mujer de más de sesenta años. Una mujer que quiere vivir libre dentro del mundo que ella misma se construyó. Crítica de la película “Doña Clara”.

Una vez localizado el marco incomparable para que se produzca la tensión argumental y su giro principal, la película nos hace llegar una información previa sobre los personajes y sobre todo sobre el personaje principal que es el pilar de la narración. Coloca a una generación de jóvenes amantes de la música en una divertida fiesta y en brazos de la música a la joven Clara… A continuación, reviviendo tiempos y explicaciones nos muestra un cumpleaños donde toda la familia se reúne alrededor de una mujer… así, cuando las imágenes nos ganan el corazón, de repente pasan 35 años y nos  encontramos con Doña Clara (Sonia Braga),  ex-crítica musical de Recife, Brasil. Ya ha cumplido 65 años, es viuda desde hace quince y vive retirada en un edificio particular, el Aquarius, construido en la década de 1940 sobre la  Avenida Boa Viagem, que bordea el océano. Un importante promotor ha comprado todos los apartamentos de la zona,  pero ella se niega a vender el suyo y emprende una guerra fría contra la empresa. La estresante situación la perturba  y da un desagradable vuelco a su vida y sus recuerdos. Clara es una mujer independiente, muy segura de lo que quiere y es la última residente de la urbanización. Ella se enfrentará a falsedades y manejos contra los que tendrá que sostenerse con pies de plomo…

El futuro es negro. O como mínimo oscuro si eres una mujer sola y la especulación te mira de cerca. Una jubilada con una larga vida laboral, con un cómodo retiro, pero perteneciente al  mundo ya desaparecido de la reivindicación, una búsqueda que se irá abriendo hacia donde el tiempo deja de ser dolor y comienza a tener sentido.

Filho juega con la baraja que conoce y vuelve a demostrar que estos temas no se le resisten. Consigue crear una película sobria, tanto en el planteamiento de la trama, eminentemente dialogado, como en su resolución, una lección de cómo se pone en escena una lucha contra el sistema  sin romper el equilibrio de la dulzura y composición de los planos. El film puede perder a algún espectador por su larga duración, pero en el fondo a la mayoría no le importará recrearse en toda la parte expositiva del conflicto, saber quién es quién frente a una pandilla de capitalistas.

Pedro Sotelo y Fabricio Tadeu son los responsables de ponerle música en ese juego de vasos comunicantes que enlaza la emergencia de la historia de una vida en conflicto con la transcendencia al modelo del poder contemporáneo. Filho, pasando por esa zona de tránsito que son las expoliaciones domésticas en la realidad universal, da una lección magistral de cómo definir el mundo en que vivimos, abrir interrogantes y escoger una mirada que transforme el presente. En ese aspecto del primer al último fotograma, hay pasión cinéfila, conocimiento de causa y, sobre todo, compromiso con el factor humano.

Brasil en un todo y una alegoría política movida por un estupendo reparto en el que destaca sin duda la interpretación de  la actriz  Sonia Braga. Jeff Rosick, Irandhir Santos, Maeve Jinkings, Julia Bernat, Carla Ribas, Ruben Santos, Humberto Carráo y Fernando Lexeira, hacen un trabajo fantástico en una película que se mueve de la cuna del derecho esencial a la felicidad personal. Buen guion de Kleber Mendonça Filho.

Una pena que en una ciudad como Madrid se proyecte solo en dos salas de cine.

 

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