Crítica: Amor a medianoche

A principios del año 2006 el director japonés Norihiro Koizumi rodó un drama-romance, una película en aquellos momentos muy bien acogida. En 2018 el creador de series para TV, videoclips y videojuegos  Scott Speerse se atreve a  invitarnos al remake de aquella película de amor (en España desconocida) con guion  de Eric Kirsten y el guionista de la película original Kenji Bando.

Los sentimientos priman sobre la acción en una película que recurre a la lágrima para hablar del amor universal.

La trama se centra en Katie (Bella Thorne), una joven de 17 años que sufre una intolerancia aguda a la luz del sol. Una enfermedad rara, que afecta a muy pocas personas,  provocando que incluso la más mínima cantidad de luz solar pueda causarle una parálisis o incluso la muerte. Lejos de remitir con el tratamiento, Katie cada día asume el riesgo que crece y crece. Vive encerrada desde su niñez con su padre que la colma de cuidados, pero su casa es una cárcel en la que está condenada a postergarse indefinidamente. Katie, en la sustancia de un espejismo, recuerda a su madre y continúa resignada a la vida que el destino le creó, pero ese recuerdo le enumera su existencia con insistente alegría y le hace tejer e inventar canciones nuevas que ensaya a solas con su guitarra. Un día interviene en su mundo algo parecido a la magia amontonada cuando Katie conoce a Charlie (Patrick Schwarzenegger) y este le abre una puerta entre ella misma, el amor, su sombra y su vida…

“Amor de medianoche”, una película donde los mitos esenciales del cine romántico están pasados por la batidora de un drama que podría catalogarse de voraz y que evapora todo el sentido fundamental  que puede contener la historia. No es fácil unir todos los hilos, no es fácil asimilar su mensaje. No es fácil explicar su crónica de sucesos, su tristeza endémica, su forma de mezclar en un mismo trayecto elementos trágicos y románticos traicionando sus propios códigos y registros. En mi opinión, hubiese sido una película seria si bajo la superficial capa de heroísmo familiar, hubiese subyacido un sentido de supervivencia basado en la lucha, el individualismo y la resistencia, así, la obra encontraría su razón de ser.

Siempre que oímos el nombre de un nuevo cineasta con el que la pantalla grande premia, una nueva y excelente habilidad del uso de la palabra, la imagen y la música de forma personal, nos sentimos felices.  Scott Speer no es un director conocido, sino un autor nuevo que con su cine, esta primera vez, nos hace inevitable recordar títulos como un frenético cóctel de escenas ya vistas, de todas formas nos conformamos  y creemos que vale la pena esperar a la próxima, será la oportunidad de disfrutar de una gran película.

La música del gran músico Nate Walcott. La fotografía la pone Karsten Gopinath, extraordinaria. En el reparto  Bella Thorne y  Patrick Schwarzenegger, adquieren una vibración intensa, imposible destacar a uno por encima del otro, quizá es superior la sobresaliente composición del personaje hecha por Schwarzenegger, hijo de Arnold Schwarzenegger y de la periodista, escritora y sobrina de John F. KennedyMaria Shriver. El resto del reparto  Quinn ShephardTiera Skovbye, Jaeda Lily MillerKiefer O’Reilly, Allyson Grant, Dean Petriw, Ava Dewhurst, Rob Riggle, Ken Tremblett, Jenn Griffin y  Paul McGillion en perfecto equilibrio con el personaje que mueven.

Cine adolescente estadounidense. Un triste cuento sin la inercia sencilla y compleja de las cosas…

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