Crítica: En cuerpo y alma

Con guion y dirección de la cineasta húngara Ildikó Enyedi, “En cuerpo y alma”. La trama nos va introduciendo en un mundo crudo y novelesco, en el bosque encantado de los sueños, movido por las leyes ordinarias de la naturaleza. Una historia poco convencional, con buen guión y buenos actores.

La narración se inicia con imágenes que te hacen pensar en lo que conducirá la trama. La película comienza en un precioso bosque nevado, donde unos animales buscan algo de comida. Todo es tranquilidad y sosiego. Después vemos algo que parece una vaqueriza, hombres que hablan. Se escuchan pájaros cantar, una mujer fregando… sangre…. Es un matadero en Budapest. María (Alexandra Borbély) empieza a trabajar allí como inspectora pero pronto surgen rumores en torno a ella. Durante el almuerzo siempre se sienta sola, es demasiado rígida y estricta en su obligación, sin saltarse en ningún momento ninguna de las normas del convenio. Su mundo se compone de reglas y pautas. María es una chica rara, muy rara, y nadie la mira bien, excepto Endre, (Morcsányi Géza) que es el director financiero del matadero, un buen hombre divorciado, de unos cincuenta años. María y Endre se conocen, predispuestos a paliar sus lagunas de fondo y forma…

“En cuerpo y alma” es un delicioso trabajo de Ildikó Enyedi que enhebra una historia surrealista en varios puntos concretos y realistas. Tiene un sentido oculto que funciona, por suerte a veces hay películas que consiguen traspasar sus fronteras. En esta ocasión, dos líneas maestras ordenan el denso material de “En cuerpo y alma”: una, la más evidente, habla de la crueldad en el matadero, los animales sacrificados y la cotidianidad de los empleados y otra es la del romance que fluye entre todo lo demás. La directora consigue ajustar todas esas piezas y hacerlas funcionar con la precisión de un reloj suizo.

Una modélica demostración de cine, sin menguas, sin relleno y sin vaguedades, destacando la frescura y naturalidad de muchas de las situaciones, los diálogos contenidos y certeros y la sencillez de los caracteres y psicologías. La película disfruta de secuencias visualmente extraordinarias del director de fotografía húngaro Máté Herbai. La secuencia del ciervo y la cierva y todo lo que esas imágenes pasean, la escena de los terneros en el matadero, los carniceros, el comedor, todo es expuesto con fuerza, belleza y una mordacidad ilimitada. Naturalmente, Ildikó Enyedi termina esta fantasía con una nota de esperanza, a pesar de la peligrosa frialdad del misterio en que se centra la intención. El énfasis poético recae en la partitura del compositor Adam Balazs que exhibe toda su complejidad para satisfacción del resultado.

En el reparto, Alexandra Borbély, descomunal revelación para mí, sobre sus hombros recae prácticamente toda la emotividad de esta fábula honesta. Morcsányi Géza también tiene un papel principal compartiendo todos sus momentos con el arte de una interpretación cabal y gentil. Ervin Nagy, Pál Mácsai, Júlia Nyakó,Tamás Jordán, Gusztáv Molnár, IstvánKolos, Annamária Fodor, Itala Békés, Vince Zrínyi Gál, Attila Fritz, Zoltán Schneider, Réka Tenki, Rozi Székely y István Dankó todos tienen la capacidad para interpretar bien a sus personajes y dar equilibrio a la película.

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