Crítica: La gran belleza

Cartel de La gran belleza

Este abanico de texturas marcadas y diferentes se deja llevar solemnemente por una ciudad de ensueño, bajo la dirección de Paolo Sorrentino. Coreografías. Música. Confusión. Crítica de la película “La gran belleza”.

La película expone el proceso interior de un hombre en Roma. Jep Gambardella (Toni Servillo), un hombre atractivo y seductor irresistible, disfruta al máximo de la vida social de la ciudad y asiste a cenas y fiestas donde su inspiración y agradable compañía son siempre un éxito. Escritor que dejó de escribir después de su primer libro, es ahora periodista y  acaba de cumplir 65 años. En su juventud publicó una novela que le consiguió un premio literario y su reputación de escritor frustrado. Dominado por la indolencia y la decepción, asiste a este desfile de personajes poderosos, huecos y deprimentes.  Esconde su desencanto tras una actitud cínica que le lleva a ver el mundo con cierta lucidez amarga.

Con grandilocuencias, excesos y pretensiones, como su personalizado nombre “La gran belleza”, el director pinta un cuadro singular, donde se explora la ciudad de Roma profunda y bella, atravesada por la enajenación de una sociedad loca. Políticos, delincuentes de altas finanzas, reporteros, comediantes, nobles decadentes, prelados, peritos e intelectuales. Negociantes y jóvenes. Los no tan jóvenes y los devotos. El significado de la aventura del director italiano es un examen al tiempo, un espejo donde se reflejan todas las condiciones y miserias del espectro social y, ante ese entorno, las limitaciones de un mundo que amenaza con volverse ciego pero que aún, y después de muchas vueltas, es capaz de algunos restos de afecto.

No es ésta una película con crítica hacia la vida bohemia o libertina, más bien puede ser una reflexión. Jep Gambardella asume su incapacidad para reconocerse a sí mismo y a su situación, siempre aplazado en sus recuerdos y en su carrera literaria, un subterfugio contra el tiempo que finalmente le ha alcanzado y ante el que se niega a declinar.

Imagen de La gran bellezaSe puede decir que la grafía o la corriente es surrealista, sin embargo, lo particular es que este surrealismo no es del absurdo de la desarticulación del sentido, es como un sueño donde no nos llama la atención lo que vemos, todo nos parece natural porque el absurdo que nos muestra son vidas coloreadas que admitimos como reales, gentes perdidas, engañadas, estafadas. Por ello, cada fotograma de cortesía teatral de “La gran belleza” cautiva por su simbología.

La apuesta  en la que  el joven cineasta Paolo Sorrentino se prueba es difícil pero creo que sale victorioso. Los dilatados planos fijos, los silencios largos, la música, el color y todas las características narrativas del cine italiano se explotan aquí con frecuencia, aunque medidas de forma que parezcan novedosas. En esta historia de imaginación, hay soledad, alienación, destierro y desarraigo, pero sobre todas estas afecciones predomina el impulso dinámico de conocer lo que yace más allá del protagonista y de algunos de los peculiares personajes del film.

El guión es de Paolo Sorrentino y  Umberto Contarello, la música de Lele Marchitelli y la fotografía de Luca Bigazzi.

En el reparto:  Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio.

“La gran belleza” desprende aroma a derrota, es una curiosidad sarcástica, desatinada y pasional. La  frase que se queda grabada: “termina todo en la vida pero antes hubo vida”.

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