Crítica: Django Desencadenado

Cartel Django DesencadenadoEl invierno es propicio para el cine de películas de larga duración con reflejos de historia. “Django Desencadenado” es una de ellas, del frenético e incomparable maestro de la violencia y la acción, el loco fetichista, el buen contador de historias, Quentin Tarantino. Es intenso y no lo esconde, lleva su energía como una segunda piel.

Lo hemos visto en la pantalla una y otra vez. Bien en la insólita Reservoir Dogs, en la rompedora Pulp fiction, o en la buenísima combinación de Kill Bill, nos hizo imaginar visualmente en Sin city, Ciudad del pecado, o en la determinación atrevida que nos impuso con Malditos Bastardos. Con “Django Desencadenado” nos sitúa dos años antes del estallido de la guerra civil norteamericana, King Schultz (Christoph Waltz), un cazador de fugitivos alemán que le sigue la pista a unos asesinos, le promete al esclavo negro Django (Jamie Foxx) dejarlo en libertad si le ayuda a atraparlos. Terminado con éxito el trabajo, Django prefiere seguir al lado del alemán y ayudarle a capturar a los delincuentes más buscados del Sur. Se convierte así en un experto cazador de recompensas, pero su único objetivo es rescatar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), a la que perdió por culpa del tráfico de esclavos. La búsqueda llevará a Django y a Schutz hasta Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), el malvado propietario de la plantación “Candyland”.

Con un comienzo suave y sensible, este film no asalta a través de los sentidos; los primeros diez minutos son impresionantes, es en esos minutos donde se despliega la historia, antes de que pase el tiempo el director apaga toda tranquilidad y avanza por el arduo terreno justiciero, en ese período ya estamos sumergidos en un producto serio, contundente y aleccionador.

Django Desencadenado” no se queda en una mera exhibición de una película de western-acción, sino que se dilata ofreciéndonos surtidos momentos de humor y una corriente de escenas hilarantes y violentísimas, pero ni los chistes ni ese tono impetuoso eclipsan el velado núcleo emocional, ésa es la diferencia de este western y otras películas similares: su accesibilidad. Tarantino cuando rueda acostumbra a calzar unos zapatos que lo mantienen firme asegurando todo lo que filma con un poder que otorga ese tono grandioso a sus, por lo demás, estrictamente entrañables imágenes. “Django Desencadenado” no cuenta una historia sino un episodio en el nutrido paso de la historia, Tarantino no repara en mostrar la violencia de ese mundo natural: humanos que son fieras que humillan y destrozan a humanos.

La fotografía presenta una narración visual atractiva, el guión se ajusta a las líneas básicas de lo que quiere transmitir su autor, frescura en los diálogos y frescura en sus sentencias, ácidas e irónicas. Tarantino distribuye la acción entre los protagonistas de modo equilibrado y describe los personajes con precisión. Los diálogos son claros y contundentes, los personajes bien estudiados: el doctor Schutz funciona como reivindicador de los derechos de los negros, no le gustan los ricos del Sur y la forma en que tratan a los pobres esclavos y además de ser bondadoso es un tipo listo. Un personaje bien dibujado e imprescindible, aunque por este papel Christoph Waltz esté nominado a los Oscar como mejor actor secundario, su papel aquí está a la altura de Jamie Foxx representando a Django, que está borbado. Leonardo Dicaprio: ese negrero perverso, perfecto, y Samuel L. Jackson, genial.

Esta película no es una obra maestra, no es imprescindible, ni un tratado de ética y moral. Solamente es una obra que posee el lenguaje concreto donde lo primordial es la mirada desde donde su autor contempla los hechos. Quizás sea el trabajo más sincero de Quentin Tarantino, con el que no parece buscar amigos nuevos. Así que quien acepte verla gozará de una movida travesía por la efervescencia de la esclavitud y la lucha de un individuo contra la opresión y el sometimiento que le asignó el destino.

Django Desencadenado”, un héroe negro en un mundo de maldad blanca.

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