Crítica: Mademoiselle Chambon

CartelSiguiendo el procedimiento característico de Eric Holder, el autor de la novela en que se basa la película que hoy situamos en el ojo de la crítica, “Mademoiselle Chambon”, dirigida y adaptada por Stéphané Brizé,  contrapone lo irremediable de una pasión indomable a la desaforada responsabilidad del hombre y la mujer, en una época ya experimentada de la vida, en que la cordura le plantea reto al corazón.

Es  dolorosamente consciente de lo que sucede y, en silencio y a escondidas, se pregunta desesperado, qué actitud adoptar, qué hacer, qué camino seguir, pero también sabe que es pronto, que necesitaba más tiempo.  El hombre que así padece se llama, Jean (Vincent Lindon), es un obrero de la construcción, casado y con un hijo. Un día que el niño necesitaba que su padre  pasase por el colegio a consultar un tema con su profesora Veronique Chambon (Sandrine Kiberlain) surge una pequeña simpatía entre Jean y la dulce maestra. Después, encuentros fortuitos o provocados van acrecentando una relación de amor y de dolor, que pasa y pasa por sus corazones con toda la fuerza de un río caudaloso pero subterráneo y contenido.

Aunque “Mademoiselle Chambon” no es la primera película que muestra que cuando el amor duele es que es verdadero amor, seguramente sí que es la primera en que Vincent Lindo adorna en una interpretación lo sugerente tan francamente bien, haciendo de sus silencios la principal muestra de su dolor, queriendo, amando, con esa brutal sencillez, sin apenas pronunciar palabras, sin mirar siquiera la esencia de sus desvelos. Todo  conseguido a la perfección, tanto por parte del actor como por la actriz protagonista Sandrine Kiberlain. Para mí,  con esto, ya tiene un aprobado esta película.

La persistente vigencia del tema que Stéfhané Brizé nos presenta, capta perfectamente el eterno conflicto que surge, cuando las inquietudes amorosas  de una de las partes de un matrimonio, le hacen embarcarse en un angustioso proceso de autodefinición, tratando de buscar valores propios que le descubran una justificación. Por otro lado, esa íntima angustia que transmiten las interpretaciones (como ya he dicho antes) persigue un acabado rebosante  de autenticidad, por más que la película no se distinga en el argumento de otras producciones vistas con anterioridad.

Stéfhané Brizé pone un toque  humano y característico, un retrato de la complejidad de unos modelos establecidos en la sociedad, que se hacen más manifiestos cuando están a punto de hacerse añicos.

Me gusta su música de piano y violín, a cargo de Auge Ghinozzí, me gusta su guion sólido y me gusta sobre todo que sea distinta.

Es posible con una imagen decir tanto…

 

 

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