Crítica: Cisne negro

CartelUn prólogo frío y como sin ancla abre esta inquietante película “El cisne negro”, una mezcla, lograda, entre drama psicológico y thriller. El principio gravita tranquila y decisivamente por todo lo que en la película circula, es, unos minutos después cuando Darren Aronofsky le da ímpetu a una trama inteligente y brillante por momentos, compleja, de rivalidades y temores, entregándonos un personaje desposeído de toda confianza en su capacidad. Ella es Nina (Natalie Portman), una deslumbrante bailarina que forma parte de una compañía de ballet de Nueva York, vive con su madre, Erica (Barbara Hershey) que actúa sobre ella de forma totalmente castradora, también se dedicó al ballet cuando joven y ahora quiere salir de sus frustraciones, haciendo llegar a su hija donde ella no pudo. Nina vive absorbida por completo por la danza y sometida a la servidumbre de su profesión; no vive, deseando que llegue el día del estreno en la nueva temporada, de la obra “El lago de los cisnes”, donde ella va a ser elegida, sustituyendo a Beth (Winona Ryder, La vida privada de Pippa Lee). A medida que se acerca el día del estreno, se agudiza extraordinariamente el miedo a que el puesto soñado en la compañía no sea para ella, esta tensión lleva a Nina a un gran estrés, que le provoca pensamientos más indebidos que propios y una gran confusión mental, incapacitándola para distinguir entre realidad y ficción, sus días son un descenso a los infiernos en un delirio constante.

“El cisne negro” es un filme que se recrea en una estética impecable, envuelta en la excepcional música de Clint Mansell, con una fotografía clara y aceptable de Methew Libatique. Esta película constituye un verdadero pasatiempo visual, donde la explotación de los citados recursos se traduce a favor del carácter atrayente de las imágenes. Darren Aronofsky entrega un dosificado desarrollo del personaje de Portman, aparcando por un momento su reputación de hacer prevalecer lo varonil, elabora una de sus mejores películas. Adapta su técnica de planos iniciales, hasta los cada vez más bellos primeros planos de la protagonista, mostrándola con gran acierto y transmitiendo su casi perfección. Sus sistemas de comunicación no verbal a favor de la imagen favorecen una historia donde las cosas fluyen con naturalidad sin recrearse en el morbo, respetando el espíritu de un guion bien trabado, escrito por John MacLaughlin. Aronofski sigue la estricta cronología de los acontecimientos defendiendo su dirección a un alto nivel. Cuando la cámara gira y gira al compás de la partitura y aparece la cara del cisne negro con la imagen hipnóticamente hermosa de la protagonista, su expresión es completa. Su manera de mostrar a la joven bailarina, su angustia en ese acogedor escenario, la música, el desasosiego, la inquietud de una mujer dentro del tormento psicológico, del viaje de su mente al lado oscuro, y al final del túnel creado, hasta llegar a una escapada tanto amorosa como erótica, que a pesar de ello y como consecuencia, origina más amor desmedido por el arte, su locura.

En mi opinión, el trato que tiene este personaje y a la vez todo lo que la mujer representa en esta obra está mostrado desde una perspectiva que no existe y que no relaciono con lo que en la actualidad viven estos profesionales. “El cisne negro” no es película para absorberla literalmente y por eso tiene ciertos deslices que se le disculpan, jamás puedes separar lo real de lo imaginario y así cabe cualquier tipo de explicación y justificación.

Debo destacar, sin desvelar, el pulcro final (aunque todos sabemos qué va a ocurrir). Monumental Natalie Portman, como cisne blanco y como cisne negro, esta joven actriz tiene una calidad hipnótica interpretando este papel donde fusiona realidad y fantasía, viviendo continuamente en la exploración sombría y inquietante de lo paranoide. (Aquí podéis verla charlando sobre la película con el director)

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