Crítica: Hereditary

Ari Aster es un joven guionista y director de cine estadounidense, creador desde el año 2011 de seis cortos, en alguno de los cuales también actuó como actor. El fulgor de unos sueños de crecer profesionalmente le lleva este verano 2018 a la pantalla grande con una película de terror; Aster consigue una película sobria, tanto en el planteamiento de la trama como en la resolución: “Hereditary”.

El futuro se ve oscuro tras la muerte de la madre de Annie. Annie Graham (Toni Collette) es una galerista, ahora con permiso por un trabajo importante que tiene que presentar en breve. Está casada con Steve Graham, (Gabriel Byrne) y, ambos, tienen un hijo adolescente, Peter (Alex Wolff), y una niña de nueve años, Charlie (Milly Shapiro). Después del sepelio de la madre de Annie, la casa de los Graham comienza a adquirir un ritmo nuevo, exclusivo y genuino, entre otras cosas, porque en este film, Ari Aster trata de ponernos el corazón en un puño y las tripas en el otro. No cuento nada más, pues cualquier cosa que diga puede resultar un suculento spoiler.

Annie tiene amor a su madre y termómetro emocional para medir el tiempo histórico en que le dedicó momentos de amor. No ya a ella en particular, sino en el seno de su familia, de quienes todos los días comparte su mesa y su tranquilo mundo cotidiano. A pesar de la claridad definida de la relación con su madre, Annie entra en un fascinante juego de identificación que se crea entre el espectador y el personaje. Se desestabiliza su vida y a partir de entonces el viaje hacia lo desconocido resulta irresistible, y a pesar de que la acción terrorífica hace acto de presencia demasiado pronto, ya nos pilla entregados a la causa y sobre algunas de las vías de trasmisión de las heridas.

En “Hereditary”, a Ari Aster se le puede reprochar cualquier detalle pequeño, pero nunca negar el talento. No solo rinde tributo explícito a su profesión, al género de terror (esas películas que tanto nos quitaron el sueño y que me cuesta decidirme a ver) sino que destila una forma de enérgica ficción, todo ello en un sumario de vasos comunicantes que nos avisa del trance del terror de tiempos pasados, de aquellas películas que aún tenemos en la retina. La película de Ari Aster hace caer en la cuenta al espectador de los placeres contenidos en una seria película de miedo. En algunos casos, de encuentros entre los personajes, de encuadre, de escenografía y desde el último al primer fotograma, hay pasión cinéfila, conocimiento de causa y, sobre todo, compromiso…

Ari Aster nos entrega un producto con personalidad propia en una sucesión de momentos potentes. El principio es un tenso dolor, un duelo. Después se van abriendo heridas que son precipicios de tensión en un proceso de temores ralentizados en un amontonamiento narrativo y diseccionador de naturaleza puramente terrorífica y coherente, dentro del digamos, sobrenatural paradigma. El guion escrito por el propio director Ari Aster esconde una trama compleja.

Una estupenda Toni Collette, el eficaz Alex Wolff, Gabriel Byrne y la siempre solida Ann Dowd, no están solo para brindar apoyo a Aster en su salto a su faceta de director de largos, él por su parte sabe encontrar un tono propio, mostrando un espejismo perfecto para ahondar en la psicología de los personajes que todo el reparto elabora con aparente facilidad. No nos olvidemos de Milly Shapiro, tiene un papel corto pero no es nada fácil esa ligerísima interpretación generosamente amarga. La música corre a cargo del famoso músico de jazz y rock, Colin Stetson. La veracidad de la imagen la pone el director de fotografía Pawel Pogorzelski.

Hay tras la mirada de la cámara y el montaje de Aster una buena idea y una travesía imperante.

 

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Crítica: Tully

El joven director canadiense Jason Reitman, hijo mayor del famoso cineasta Ivan Reitman, llega a las pantallas españolas con una película con guión de la estupenda y admirada escritora Diablo Cody; en su cuarto trabajo juntos se mueven en la reconstrucción irónica y psicológica de una mujer joven. “Tully” es una esfera de realidades y un gran fresco social para las mujeres que, en conjunto, padecemos los estereotipos impuestos por las costumbres sociales.

Marlo (Charlize Theron) es una mujer de cuarenta y un años, dueña de unos ojos preciosos. Ha fundado una familia junto a su marido Drew (Ron Livingston) pero la carga del hogar y de los hijos es solo para ella, niños, escuela, casa, compra y un montón de exigencias diarias. Es madre de tres hijos: Sarah (Lia Frankland), de ocho años, Jonah (Asher Miles Fallica), de cinco, y una niña recién nacida a la que ha puesto de nombre Mia en memoria a su madre, que murió cuando Marlo era muy pequeña. Marlo tiene una existencia horrible, una tremenda depresión postparto. Reducida a una condición de esclava, se abandona y abandona todo cuando la rodea, siempre atada y sometida a la obligación de criar a sus hijos. Su hermano Garig (Mark Duplass), que es un hombre de dinero, contrata una niñera nocturna, le hace este regalo con la intención de ayudarla a salir del pozo en que está metida, al principio le parece una extravagancia pero Marlo acaba contenta y entabla una bonita relación con Tully (Mackenzie Davis), una joven amable y cariñosa.

Diablo Cody, como ya hizo en obras anteriores, nos traslada con gran maestría al centro emocional de una madre de familia joven, a la lucha por la estabilidad, a la aterradora conjunción que teje el silencio, la soledad, el desamparo. “Tully”, desde el corazón de la historia, descubre un desolado territorio de desvelos universales y Diablo Cody es quien convoca a través de su pluma Woolf mojada en vitriolo feminista a los fantasmas de la desigualdad para decirnos que ser mujer no es solo sinónimo de discriminación, ser mujer en muchos casos implica tragedia.

La sección de cine que retrata la maternidad siempre y de forma sistemática discurrió sobre unas pautas concretas de romanticismo y humor. La tendencia, recogida en esas pautas tan poco justas a veces, parece manifiesta y confirmada aún más al sentarnos a contemplar una excepción. Así, esta película funciona  esencialmente porque utiliza el basto arsenal que puede conducir una historia desde algo tan parecido a la realidad. A ratos funciona como un drama, en otros actúa como denuncia y ahí está Charlize Theron haciendo de lo que es, una mujer, forjando en todo su tiempo un guiño de reivindicación.

La estética, la elaboración, la astucia de vender un buen producto se la debemos a su director Jason Reitman. Su cine se ha detenido en un punto  razonable: entre la cordura de un propósito, la fuerza simbólica de un eco  de sentimientos y la deriva sincronizada de una realidad, dejando de lado la falsa perfección. Siempre ayudado de cerca por su fotógrafo más próximo, Eric Steelberg. La música la pone el gran compositor y pianista estadunidense  Rob Simonsen. Un resultado de efervescente lucha contra la rigidez social y las miserias del destino.

Charlize Theron suma puntos con una excelente interpretación, marca con fuerza los límites del abandono, la palidez,  la apariencia desganada, agobiada, mientras construye frases que llegan hondo:

“¿Qué edad tiene tu hija?”, pregunta Tully, la niñera. “Ocho años, la edad en que las niñas se empiezan a exigir mucho a sí mismas. Me preocupa, este mundo no está hecho para nosotras”, contesta Marlo.

Mackenzie Davis, en su papel de Tully es como una progenitora; un discurso sobre las exigencias a las que estamos sometidas y una sinfonía mágica de circuitos exactos. Perfecto su trabajo. Mark Duplass, Emily Haine, Ron Livingston, Elaine Tan, Maddie Dixon-Poirier, Lia Frankland, todos forman parte de un conjunto de actores y actrices bien elegidos.

Me gusta mucho la idea, me parece muy acertada la puesta en escena, pero difiero algo con el cierre de la historia.

Véanla.

Crítica: Marguerite Duras: París 1944

“Marguerite DurasParís 1944” es una película inspirada en la novela-diario “El dolor”, de Marguerite Duras. El director Emmanuel Finkiel, activo y prolífico cineasta francés, da forma a su personaje más singular, una mujer igual de habilidosa con las palabras en sus escritos que en la lucha por la libertad.

Comenzando justo en el momento en que Marguerite Duras (Mélanie Thierry) vive en la Francia ocupada por los nazis, en 1944. La joven lucha activamente en la Resistencia junto con su marido, Robert Antelme pero Robert es deportado por la Gestapo y Marguerite se embarca en una lucha desesperada para conseguir que regrese. Entabla una inquietante relación con un colaboracionista  y corre grandes riesgos para salvar a Robert, viviendo el duelo de la pérdida del todo en su espera insoportable.

Marguerite Duras fue una extraordinaria escritora, adelantada a su tiempo, a los hombres y a su propia vida. En esta película se abre ante el yo de los hechos y por la que ya casi no es su vida, sino un territorio destrozado y al que ella se niega a integrarse. Marguerite Duras en esos momentos ama con un amor desorientado, consumido, desencantado en una constante lucha por descubrir, por encontrar lo que nunca poseyó íntegro pero sí salvo, en medio de la mayor guerra, la más cruel, la más despiadada…

Habrá quien afirme que Emmanuel Finkiel no ha hecho evolucionar el cine biográfico francés, que la película es lenta, que se hace larga. Haciendo honor a la verdad diré que la puesta en escena de esta película se me hace escasa pero a la vez hay que reconocer su elegancia,  su emotividad desde los términos más simples y  su dolor sin excesos en el éxodo de la alegría por la excepcionalidad de una estabilidad que ya no está.  “Marguerite Duras: París 1944” acompaña la excelencia de la historia con una voz en off  en un discurso desolador en su crítica, tanto en imágenes como interpretación o recreación, recuerdan hechos ya sabidos ahondando especialmente en el  desamparo. No es una película que toque de lleno la realidad exacta del momento pues se centra totalmente en las vidas que aparecen en el texto.

Desde hace años  la tragedia que produjeron los nazis, ha dado lugar a un buen puñado de películas, todas ellas de carácter sentimental, dramático y documental, Emmanuel Finkiel acierta de pleno al desarrollar una genuina película de trasfondo político haciendo reflexionar al tiempo. Funciona desde la tenue neurosis de una mujer que más allá del   virtuosismo que la habita busca la paz.

 En el reparto Mélanie Thierry, con una interpretación brillante. El resto de actores y actrices Benoît Magimel, Benjamin Biolay, Shulamit Adar,Grégoire Leprince-Ringuet, Emmanuel Bordieu, Elsa Amiel, Brett Gillen,Grégoire Gros, Anne-Lise Heimburger y  Patrick Lizana nos transportan a un pasado dando fe de la memoria, de la experiencia y de la excepción de una gran mujer.

 

Jesse Plemons

Jesse Plemons nació el 2 de abril de 1988 en la ciudad estadounidense de Dallas, en Texas.

Ficha en Imdb: https://www.imdb.com/name/nm0687146

Sus películas en Comentamos Cine:

Crítica: Noche de juegos (2018)

Crítica: Los archivos del Pentágono (2017)

Crítica: Barry Seal: El traficante (2017)

Crítica: El puente de los espías (2015)

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