Crítica: La fuente de las mujeres

Cartel“La fuente de las mujeres” es el título de la nueva película de Rau Mihaileanu, con esta resuelta denuncia tan típica suya, el director rumano, residente en Paris, consigue ajustarse en la obra sentida que lleva preparando mucho tiempo, manifiesto muestrario de costumbres ancladas en una anacrónica cultura.

La historia se despliega en un pueblo que podría estar en cualquier lugar del Magreb, donde se origina un conflicto a nivel enfrentamiento mujeres – hombres. En esa remota aldea en mitad de un campo, sin transporte, sin contacto con el exterior, lejos de ríos o lagos, las mujeres tienen como obligación desplazarse a lo alto de una montaña para traer agua a sus casas, ellas no saben lo que ocurre más allá del umbral de sus casas, manteniendo una participación servil de la mujer hacia el hombre, formas arcaicas de una sociedad, paralelas a lo que está instituido aún en la actualidad. Agua, para cubrir las necesidades de la familia, aunque en ello vayan sacrificios, penalidades, y duelos. Pero una mujer joven, Leila (Leila Bezhti, “El profeta”) llama la atención de toda la comunidad femenina, Leila sabe leer y escribir y conoce otras formas de vida más dignas. Una a una van sumándose al coraje de Leila y a la reivindicación, la mayoría de mujeres casadas; fácil es imaginarse la reacción de los hombres, esto es un peso aplastante para el conjunto de mujeres, pero siguen dispuestas a agotar sus posibilidades. La única arma con que cuentan es el amor, el sexo, todas están de acuerdo en no satisfacer los anhelos amorosos de sus maridos, hasta que ellos no logren canalizar el agua al poblado.

Llama la atención que una película con un tema tan serio y quejoso como el que contiene “La fuente de las mujeres”, esté catalogada como comedia, tengo que decir que en ningún momento tuve un impulso de risa, me parece una obra llena de buenas intenciones, mostrando la fuerza de las mujeres ante la intolerancia, “revolución feminista islámica” podríamos indicar, hermoso cuento que optimiza con inteligencia y elegancia su gran fondo de marginalidad. “La fuente de las mujeres” parte de un argumento maravillosamente realista. El control compositivo del director sobre la disposición y el montaje, la descubren magistralmente rodada, durante todo el recorrido Mihaileanu ajusta la cámara y se niega a jugar con ficciones, abandonando cualquier tipo de secuencia artificial; Mihaileanu dibuja la realidad apoyado considerablemente en Lisistrata de Aristófenes, bebe de esa fuente, trasladando el corazón del relato a tierras musulmanas.

“La fuente de las mujeres” se asimila desde la trama fácil y desde todo un orden de subtramas que son un vehículo verdadero de este seudodocumental. A medida que las circunstancias en que se hallan las protagonistas se van aproximando a una pesadilla, la película se hace débil en su lado realista, para adoptar ciertas formas, digamos, más previsibles en la ficción. Hubiera sido más convincente que la lógica de los acontecimientos siguiera su curso natural y condujera a un final más fiel a la situación real. No quiero decir con esto que la película no merezca todo mi respeto y admiración, sólo que a “La fuente de las mujeres” le falta la calidez emocionante de “El concierto” y la fuerza sentimental y honesta de “El tren de la vida” para definir la propiedad de su signo.

Como espectadora entro en esta fábula elegante, como vecina del pueblo y los anhelos de esas mujeres son mis anhelos. Gracias a una imagen natural y cuidada, a la interpretación de las actrices que componen el conjunto, a la música y a los sonidos que amenizan, haciendo de todo ello un apogeo concluyente de sinfonía reivindicativa.

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